Se pueden hacer croquetas sin pan, sin harina, sin huevo y sin freírlas. Ya pondré por aquí una receta - tan pronto como la pruebe - de croquetas "paleo".
Desgraciadamente, la carne es débil y hay ciertas cosas a las que es muy difícil resistirse. Una de ellas son las croquetas de pescado de mi hermana mayor. Además, como tantas veces sucede con las cosas ricas, esta tentación llegó aderezada, mejor dicho...potenciada en su faceta más demoledora de voluntades, con la intervención de mi otra hermanita. Mi hermana pequeña.
Los hechos se desarrollaron de la siguiente manera:
Mi hermana mayor regaló masa de sus famosas croquetas a mi hermana pequeña. Ésta, a su vez, dió forma esférica a dicha masa ( forma de croqueta, obviamente). Posteriormente, congeló y puso aparte una docena de estas diabólicas pelotitas. Finalmente, me las regaló como manzanas de la bella durmiente.
Y yo...¿Qué podía hacer? ¿Despreciar tanto amor por un quítame allá esos índices glucémicos? ¿Convertirme en un desagradecido, reo confeso de desamor fraternal por...por...unos pocos gramos de harina y pan industrial altamente inflamatorio y nefasto para mi organismo? No señor. Acepté las croquetas. La promesa de su sabor, que ya conocía de sobra, diluía poco a poco la culpa. La salivación se hizo cargo del remordimiento. Pero...no. Espera. Tal vez todavía esté a tiempo de ir al purgatorio en vez de directamente al infierno de los paleo-pecadores...Sí, eso es...si las horneo, en vez de freírlas, quedará en un pecadillo venial...insignificante...¿No?
Pues sí, horneadas. Puestas sobre papel vegetal, a media altura. 30 minutos a 200 grados. Quedaron ligeramente doradas ( como las dunas de Maspalomas), la corteza ( si, al ponerlas congeladas, directamente al horno, el pan de afuera se endureció un poco) cedía tras una ligera presión de nuestros dientes para revelar su deliciosa bechamel...
Y allí estaba. Ese sabor característico. El que me hizo pecar...Con una pequeña ayuda de mis hermanas.

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